martes, 24 de agosto de 2010

Pasado, maestro del futuro

Siempre he pensado, que es la gente joven, quien produce los grandes cambios en las distintas sociedades. Ya sea con razón o sin ella, por propia iniciativa, o inducidos por otros. Pero siempre han sido ellos los que han puesto el motor en marcha de los grandes avances. Y precisamente por eso es tan importante invertir en educación. Por eso es tan importante que a la formación intelectual, a la formación moral, a la formación física, tengan acceso todos y cada uno de nuestros pibes y de nuestros jóvenes. Ya que ellos con una recta formación, tanto humana, como espiritual, son los que tendrán que asumir la puesta en marcha de los grandes cambios, que necesita esta nuestra sociedad, tan retorcida, coimera, cobarde, aprovechada con el débil, para conseguir una sociedad más moderna y justa con las personas.

Hubo un tiempo, en que siendo jóvenes, pusimos todo nuestro cuerpo, toda nuestra almas en la defensa de todo nuestro ser nacional. No en defensa de un poder político determinado, ya fuera justo o injusto. Querido o no, odiado o no. Nosotros solo pensábamos en Argentina, sin preocuparnos que esa sociedad que defendíamos fuera justa o no. Sencillamente esa sociedad, es que éramos nosotros. Y sin embargo, en todos estos años pasados desde 1982, veo como somos repudiados, por esa sociedad a la que creímos pertenecer. Es más, repudiados por esos compañeros, que estuvieron en el frente de batalla, y que debiendo ser nuestros más firmes defensores, son guiados políticamente para que se conviertan en nuestros más firmes atacantes.
Saben, a veces me pongo a pensar, y me pregunto. ¿ Y si están en lo cierto?¿ Y si el equivocado soy yo?. Entonces tendría que pedir perdón a toda la Argentina. Por eso, por si estoy equivocado, Argentina perdóname. Estuvimos destinados en Río Grande, nos toco defender la Bahía de San Sebastián, perseguir comandos infiltrados. Perdónanos por no haber sido destinados al frente de batalla, perdónanos por no haber estado en Gritvyken, perdónanos por no habernos rendido sin disparar un solo tiro. Si Inglaterra hubiera atacado el Sur del Continente, nuestra única opción era luchar y morir, la rendición en las islas continentales del sur no era una opción, (quizás por eso no lo hicieron). Por todo ellos perdónanos.
Hay un suceso en la historia, aunque la verdad. tiene mucho de leyenda, ya que oficialmente no está reconocido como un hecho histórico, que cuenta que cuando BOABDIL, ultimo rey moro de Granada, abandonó la ciudad después de ser derrotado por los cristianos, se paro en lo alto de una colina que bordea la ciudad, se giró para verla por última vez y lloró. Momento en que su madre le recriminó: “ No llores como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre …” Y no se porque, siento que a veces nos vendría bien recordar a la madre de Boabdil.
En esta vida tenemos que aceptar las decisiones que tomamos, y aprender de los caminos que toma nuestra vida, de nuestras vivencias, que nos dirigen a lo que somos hoy en día, aunque ello conlleve aceptar nuestros fracasos y nuestras limitaciones. Pero nunca hablar mal de ellos, ni usarlos como excusa, porque todo ello forma parte de nuestro ser, de lo que somos hoy en día.
Por eso, yo que formé parte del Batallón de Infantería de Marina nº 4, desplazado a Río Grande, durante el conflicto de Malvinas, defenderé siempre nuestro trabajo, nuestras funciones, nuestra labor durante el conflicto. Recordaré con orgullo, nuestra dedicación, nuestra entrega, sin esperar ninguna recompensa. Si acaso, lo único que esperábamos era no morir en el olvido. Y lo que son las cosas de la vida, lo único que pedíamos, es precisamente lo que no tenemos.
Esas noches metidos dentro del pozo de zorro, con el agua hasta el pecho. Congelados los huesos hasta el mismo tuétanos. Pero éramos Infantes de marina, y no hay dolor para nosotros. Esas guardias nocturnas, mirando hacia la playa, esperando la inminente infiltración del enemigo. ¿ Pero mirando? ¿ El que?. Si las noches eran totalmente cerradas. Si no veíamos ni siquiera nuestras propias manos. Podías oír como latía tu propio corazón. No veías un carajo, pero sí sabías que el enemigo tenía gafas de visión nocturna. Solo quedaba quedarse quieto y esperar no ser el primero en caer para tener tiempo por lo menos a responder. ¿Miedo? Maldita sea, se podía sentir en el ambiente. Pero solo había una salida, y esa era hacia delante.
Recuerdo una de nuestras patrullas nocturnas. Se nos había dicho estuviéramos muy atentos, ya que habían detectado que un comando enemigo podía querer atacar la base aérea de Río Grande. Por eso, cuando esa camioneta con las luces apagadas intentó esquivarnos por las calles de la ciudad, nadie nos hubiera podido convencer que no eran ellos. Comenzamos una persecución por varias calles. Nos dividimos en dos grupos, con la intención de poder acorralarlos. Éramos tres pelotones, y mientras dos de ellos corrían para cerrarles el paso, mi pelotón junto al cabo 2º, jefe de la patrulla, corrimos en dirección a la camioneta, saltando vallas y jardines de las casas que se encontraban en nuestro camino. Por fin, los otros dos pelotones consiguieron cortarle el paso, ellos quisieron dar la vuelta, haciendo girar la camioneta, pero nos vieron llegar y entonces se quedaron cruzados. El cabo junto a dos compañeros avanzaban por el medio de la calle en dirección a la camioneta para proceder a su identificación. Mientras un compañero tomaba posiciones en un lado de la calle, yo que avanzaba por la derecha tomé posición en el porche de una casa. Acto seguido apunté con mi arma al que se encontraba a la derecha de la camioneta. Al menor movimiento sospechoso, era hombre muerto. Allí estaba, lo tenía en el punto de mira, la adrenalina ya había hecho su trabajo, ahora me encontraba tranquilo, no quería matarlo, y sin embargo, estaba deseando que sacara un arma. ¡Maldita sea! ¡Dame una excusa! Lo miraba a través de mi arma, al mismo tiempo que escuchaba a mi superior pidiendo papeles, documentación, identificación. Nuestras vidas dependían de que no perdiéramos la concentración …. El dedo estaba en el gatillo …. Cualquier movimiento o ruido extraño y aquello podía terminar en un desastre. Justo en ese momento, la puerta de la casa en la que me encontraba se abrió y toda la luz de la casa iluminó mi cuerpo … Y no se quien se asustó más, si yo o la señora que se asomó. Aquí puedo decir, que sí estábamos preparados. Sin desviar la mirada, le ordené que se metiera dentro y cerrara la puerta. Obedeció en el acto ….. Pero eso delató mi posición, ya que pude ver que la persona a la que apuntaba me miró, quizás no a mí en concreto, pero sí hacia donde yo me encontraba …. No me di cuenta en ese momento pero puedo decir que esa noche, fue cuando deje de ser un muchacho conscripto para convertirme en un soldado. Mi preparación había sido buena, no tenía que pedir más.

Hoy en día, no puedo admitir, que se hable de pibes, de muchachos de la guerra. No señores, todo eso es una falta de respeto hacia esos héroes que dieron su vida por todos nosotros. Y cuando digo todos nosotros, hablo de todos los argentinos. También escucho hablar mucho, de que si nuestro armamento era escaso, que si nos faltaba esto o lo otro, que si era inferior al de los ingleses, que si éramos pobres conscriptos sin preparación. Puras estupideces para justificar nuestra derrota. No me extraña que si esto es lo que enseñamos a nuestros hijos en los colegios, sea imposible que aprendan valores tales como la superación, el esfuerzo, el orgullo, la amistad, la entrega. Valores que todos los hombres que murieron en Malvinas nos enseñaron al entregarnos todo su ser. En esta vida se lucha con lo que se tiene para superar las dificultades. Si lo que tenemos es poco, eso engrandecerá nuestra victoria, pero no es excusa para la derrota.
Podemos hoy enseñar a nuestros hijos como se rinde un país, y hay muchas fotos de la rendición en Malvinas, en la que se ve un ejercito derrotado, que sirven para adornar frases tales como “chicos de la guerra”, “muchachos sin preparación”, “pobres pibes”, “se nos congelaban las manos”, “no teníamos ni guantes”. Pero eso, solo son fotos de un ejército después de la derrota. No son las fotos de lo que allí se hizo realmente. De los valores que allí se entregaron a este país. Eso es lo que hoy deberíamos resaltar.
Pero tengo la sensación que solo nos gusta hacer resaltar lo negativo de nuestra historia, para poder justificar nuestra falta de valore de hoy en día. Luchamos con lo que teníamos, luchamos con lo que sabíamos, y luchamos nosotros precisamente porque éramos jóvenes. ¿ O acaso lo normal es que lo hubieran hecho nuestros padres? Venga por favor, dejémonos de pavadas. Nuestros hijos solo nos piden una guía moral que les ayude a afrontar con más claridad su futuro. Ejemplos de dignidad, de esfuerzo, de lucha, de amistad, de amor, de entrega. Nuestra historia está llena de ejemplos, incluso nuestra historia más reciente. No la infravaloremos delante de ellos, para que podamos justificar nuestros defectos. Más bien aprendamos de ellos.

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